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De la ética y del toreo
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(Foto: Andrew Moore)

De la ética y del toreo

¿Se puede justificar la muerte del toro?

jueves 14 de marzo de 2019, 16:00h
Una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos los amantes del Toreo a los que nos place profundizar en su legitimidad y en su racionalidad, es la que se refiere a su justificación ética y al acople que tiene en una sociedad como la del siglo XXI, que ha evolucionado en sus sensibilidades, formando grupos de opinión con argumentos sólidos que deben ser considerados siempre por el que pretenda explicar el por qué un rito ancestral de riesgo y muerte pervive; anacrónico, y extraño para muchos.

Para contestar debidamente a esa cuestión suponemos necesario, en primer lugar, comprender la relación del hombre con el toro bravo; la tradición que el rito sacrificial nos regaló siempre; el arrojo y decisión con los que el íbero estableció sus contactos con el toro; la adecuación paulatina de esas relaciones a leyes, reglamentos y sensibilidades “vigentes”. Esa legitimidad que buscamos quizás nos la proporciona Max Weber, quien en ”Formas de legitimidad en el poder político” propone concederla por Tradición, Carisma o Racionalidad. De acuerdo a ello, los juegos con los toros pueden ser legítimos por tradicionales, sin duda. Es auténtico el carisma que aportan los toros a todo un pueblo que siente con una determinada referencia de vida ligada al riesgo, al valor y a la participación común en juego de autenticidad (palabra que debe ser clave en esa legitimidad), cuyo referente es la Fiesta Nacional(i): “…lo de ser nacional, quiere decir, hija de la íntima fuente, popular y espontánea de un grupo humano, que encuentra ahí la expresión inconfundible de su <carácter>; cual si la asistencia de aquella y su estilo fuesen dictados por la misma naturaleza, no la naturaleza en general, sino la diferencial, la que da al grupo en cuestión una histórica solidaridad de casta”. Y racional, por la contínua evolución que el Toreo ha transitado a lo largo de los tiempos en los que se ha ido amputando poco a poco los aditamentos cruentos que lo mostraban inadecuado para las sensibilidades crecientes, reglándolo debidamente.

Es justo plantearse si la obligada decisión del hombre de ordenar el equilibrio de la Naturaleza le permite alterar la cotidiana existencia del animal, en este caso el toro bravo, base de nuestro planteamiento argumental. Para ello debemos conocer lo que de esa relación hombre – animal han deducido los sabios estudiosos de la Ética y sus conclusiones sobre la acción obligada que tiene el hombre en la consecución de ese equilibrio como único ser racional y ejecutor en el Universo.

Aristóteles (384 – 322 a. C.) nos dice que sólo el hombre está dotado de razón(ii), negándosela al resto de los animales. En su obra “Acerca del Alma”(iii), expresa que las bestias se rigen sólo por sensaciones e imágenes, porque carecen de intelecto. Ya Hesíodo lo había declarado en Grecia hacia el año 700 a de C.(iv), al atribuir a los animales la violencia y el comerse los unos a los otros, lo que no es justo; mientras que los hombres vienen obligados a regirse por las leyes para conseguir la convivencia. Más referencias podríamos hacer sobre el pensamiento “aristoteliano”, sobre todo de su obra “Política y ética Nicomáquea”, pero ya creemos suficiente lo escrito. Y conviene señalar otros importantes teóricos como San Agustín (354-430) (La ciudad de Dios); Santo Tomás (1224-1274) (Summa Theológica)…

Del otro lado destacamos las opiniones de, por ejemplo, el benedictino fray Antonio Pérez (murió en 1637), quien dice que el primer argumento sobre la racionalidad animal lo aportó Stranonus al concluir que es imposible “sentir sin razón”. Plinio el Viejo (I d. C.)v dijo que los animales son seres provistos de inteligencia: amistad, clemencia, fidelidad… Plutarcovi (siglos I y II d.C), llega a poner en boca de Circe que los animales son superiores al hombre…

Todos estos pensamientos nos llevan a meditar sobre un problema inescrutable de la vida que, a nuestro modo de ver, sólo puede elucidarlo el hombre, único animal que tiene la capacidad de ordenar, reglar, decidir, mejorar y razonar sobre el futuro de los seres vivos y de la naturaleza que los acoge. Las dos bases que, a nuestro parecer, deben regir el comportamiento humano son: el respeto a sus semejantes y la conservación de la Naturalez (su hogar). Y en la consecución de ambos objetivos ha de mostrar su primacía, su mesura y su mayor sentido ético.

La fauna y la flora, compuestas por seres vivos, han de ser protegidas porque no tienen capacidad propia de ordenamiento, de continencia, de desarrollo, ni de transcendencia. Y el conocimiento que el hombre ha ido adquiriendo sobre la evolución de la Naturaleza, lo obliga a utilizar con cautela, objetividad y mesura los cambios que puedan alterar ese hábitat único que es propiedad de todos: racionales e irracionales seres vivos. Al final, como todo en la vida, será el “equilibrio”, la medida de la corrección y el respeto.

La complejidad de las medidas a observar para que el tránsito por la vida de cada uno de nosotros discurra sobre caminos éticos, nos debe hacer pensar que todas las opiniones vertidas con la razón han de ser respetadas. Al menos, deben ser estudiadas para poder acercarnos todos al criterio de los demás. Si un filósofo como Miguel de Unamuno dedicó gran cantidad de horas de estudio y discusiones para determinar si la Fiesta de toros era o no ética, no puede aceptarse que un joven comunista de Úbeda, pronuncie un discurso sin conocimiento, dicción y argumento válido alguno sobre la necesidad de abolir las corridas de toros en su maravillosa ciudad. Todo debe ser razonado, y para el dictamen final siempre estará presente el “equilibrio”, que no ha de romperse con ninguna clase de violencia expositiva.

Y en estas estamos ahora, en si seguimos los aficionados y taurinos prestando nuestro apoyo a una fiesta racional, tradicional y carismática, o lo hacemos a la fiesta del toro dócil, del castigo excesivo, de las faenas largas a toro vencido; de la, para nosotros, injustificable muerte de un toro descastado sin capacidad de defensa mínima. Cualquiera que vea toros en varias plazas, incluso en las de 1ª, puede constatar cómo el respeto que es imprescindible para aceptar la muerte de un ser vivo como es el toro de lidia, en múltiples ocasiones no se observa. Baste recordar lo que denunciamos este verano sobre “vellosinos” lidiados por una primera figura (y por los que lo acompañaban, claro), en la plazas de Tomelloso y Guijuelo. Ahí fallaba la imprescindible “ÉTICA” que debe reinar en un acto ritual que sólo se justifica con la pureza de la liturgia y el riesgo inherente al sacrificio y la tradición que lo protege.

Vayamos a una plaza a ver a una primera figura que lleva toros elegidos por él o por los suyos “para hacer su toreo”; observemos que el torito sale sin apenas pitones porque le han sido vil y anti reglamentariamente amputados. Sigamos viendo cómo el piquero le quita el “orgullo” al torito a base de puyazos alevosos e inadecuados; asistamos a la rendición del pobre cornúpeto claudicando de manos, o de todo, al primer pase; y enjuiciemos los pases del torero enfermero que trata de mantenerlo en pie. ¿Tiene esto carisma alguno? ¿Es razonable? ¿Expresa algo de nuestra tradición de lucha; de solidaridad de casta? Eso es, sencillamente: INACEPTABLE. No puede seguir desnaturalizándose un rito de la forma en que se está castigando al toreo eterno. No es digno ni legítimo dar muerte a un ser vivo domesticado, mermado en sus defensas y castigado con demasiada saña. Y no es justificable.

Nos parece que a medida que se “domestica” al toro bravo la Corrida va perdiendo legitimidad. La base de la lid es la que enfrenta a un animal salvaje a un hombre dotado de inteligencia para resolver a su favor, con ética y estética los problemas del encuentro. Aceptamos con Plutarco que el perro, el delfín, el gato o el caballo van adquiriendo “sentimientos” hacia el hombre, y a otros animales de su entorno, a medida que aumenta su convivencia pacífica, protegida y controlada por aquel; y que esos sentimientos aportan una cierta racionalidad que exige un trato consecuente. Por ello, el toro bravo no debe ser “elaborado” como un producto útil y predecible para el goce de un torero artista, más bien ha de serlo para que en la lucha con su lidiador se justifique el “derecho” de éste a darle muerte tras vencerlo con lealtad. Ética.

Mientras no seamos capaces de erradicar de las plazas de toros los abusos con los que las huestes del “taurineo” están mermando la ética y la épica de la corrida, no tendremos autoridad alguna para denostar a los antitaurinos, por muy lerdos que sean algunos, como el citado secretario general de las juventudes comunistas de Úbeda (¡toma título!). Debemos estar libres de pecado para tirar la primera piedra. ¿Lo estamos? No, claro que no. Somos culpables de nuestra dejadez, de nuestra cobardía al no enfrentarnos con suficiente radicalidad a aquellos que son culposos de tamaño estrago. La Fiesta está en peligro. Los aficionados debemos salvarla luchando porque conserve sus signos legítimos, aquellos que son imprescindibles para justificarla. Recordemos que al “Toro de la Vega” nos lo cargamos porque no supimos obligar a los mozos a cumplir con la reglamentación vigente; y pensemos que nadie podrá seguir defendiendo durante mucho tiempo la corrida ventajista y estilista que hoy se celebra con demasiada frecuencia. Recordemos que Ortega y Gasset anunciaba la próxima muerte de la corrida porque, según él, llevaba 25 años enfangada en el estilismo (ya casi un siglo).

Comenzábamos con la obligación que tiene el ser racional, el Hombre, de velar por la Naturaleza. Y terminamos constatando que no parece que lo haga en puridad el que permite este juego ventajista e inane de las corridas con toros sin casta; por muy bravas que cuenten que son, porque hay quien se le ha metido en la cabeza que el toro que embiste con nobleza es bravo, y que si transita despacito y servil lo es más. Yo admiro la cara dura de muchos toreros y ganaderos que elevan la nobleza a la cúspide de la bravura, aunque el burel se haya escupido del caballo, haya que llamarlo con insistencia para que acuda a la muleta, esté medio cayendo ayuno de casta… Pero, ¡amigo!, si mete la cabeza despacito y obediente: es bravo. ¡Amos ya! El toro bravo que es digno de morir en plaza, debe ser encastado, agresivo, vender cara su lidia, que debe ser realizada por un experto y dominador torero, medido en varas para que en la muleta exija dominio… Bueno, ¡para qué seguir!, todos sabemos lo que es necesario para justificar la muerte de un ser tan bello, y nuestro, como lo es el toro, bravo o manso: pero con casta. Si el toro no tiene nada que dominar, decía Cossío "no es en verdad una lidia lo que se le realiza".



Por José Mª Moreno Bermejo
Bibliófilo taurino
Autor de diversos libros y estudios sobre Tauromaquia
Leer más artículos de este autor




iEstética y Tauromaquia (Notas de un profano). Eugenio D´ors. Suplemento Semanal de “Arriba”, Madrid, 6 VI 1943, pág. 20.
ii“El hechizo de los españoles”. Jesús Mª García Añoveros. UBT, 2007. Pag. 8.
iii“Acerca del Alma. Aristóteles. Pág. 229.
iv“Trabajos y días”, pág. 138.
v“Historia natural”
vi“Bruta animalia ratione uti” (Las bestias son animales racionales).
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