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Daja-Tarto, el torero faquir

Un personaje peculiar.

miércoles 13 de mayo de 2020, 12:49h

En los años 30 y bien entrada la Guerra Civil, existió un faquir de gran renombre, llamado Daja Tarto. Tal era su éxito que era un fijo en cualquier espectáculo que se preciara. Se daba la particularidad de que este personaje no era de ningún lejano país, sino que era español de la provincia de Cuenca y se llamaba Gonzalo Mena Tortajada. Su número consistía en el típico repertorio de cualquier faquir. Tragar los cristales de una bombilla eléctrica, atravesarse con largos cuchillos, dejar caer piedras de gran peso a plomo en su estomago, caminar sobre cristales afilados como alfileres y otras lindezas que dejaban estupefactos a quienes le contemplaban, sin importarle demasiado que un hermano suyo, por imitarle, muriera de una perforación de estómago.

En una de sus innumerables tourneés por España, en Murcia, le hicieron una corta entrevista, donde sostenía que sus experiencias eran controladas por eminencias médicas que consideraban sus experimentos como un caso clínico asombroso. Para aseverar sus manifestaciones mostraba algunas radiografías en las que se veía perfectamente los más diversos objetos en el estómago.

Era este enigmático “hindú” conquense muy aficionado a los toros, alternando sus apariciones en el circo Price con otros espectáculos taurinos que le garantizaban buenos dividendos y llegar a públicos más abundantes por medio de las mojigangas, que así se denominaban a los espectáculos en los que se mezclaban los becerrillos y una parte seria, con payasos, artistas e individuos de los más variados que hacían las delicias de grandes y pequeños con una sucesión de gags, bromas y gracietas que tanto gustaban a nuestros antepasados.

En ese tiempo de pobreza y hambre, salía aquel hombre vestido de llamativas sedas y en actitud de silencio y misterio. Un personaje fascinante que representaba una especie de lejano Oriente, un atisbo de las mil y una noches en cada espectáculo.

Para recordar uno de sus andanzas toreras, voy a referirme a una divertida anécdota que tuvo lugar en la plaza de toros de Madrid el 10 de agosto de 1932, en una de las innumerables mojigangas que tanto prodigaba este faquir. Daja-Tarto, después de realizar sus sensacionales experiencias, tenía que lidiar y estoquear un bravo becerro. El ambiente, tal vez por el calor o porque se presentían acontecimientos violentos, hizo que no se llenara la plaza. España en esos años era una sucesión de atentados y actos violentos. El faquir hizo su típico número atravesándose la nariz con un estilete, clavándose una aguja, dejando romper sobre su cuerpo y a golpe de martillo una gruesa piedra... y después toreó un novillo a la usanza india. Parece que el animal se fijó más en la manga de la especie de quimono que llevaba su lidiador que en la muleta, y enganchó al indio de Cuenca lanzándole a dos metros de altura. Cayó de cabeza y fue llevado a la enfermería, donde el médico colocó a Daja-Tarto sobre una tabla, atándole con cuerdas, rodeándole de vendas y esparadrapos, por si tuviera una fractura de columna vertebral. Terminado el resto del espectáculo a una hora avanzada, se buscó algún vehículo con el que trasladar al artista al hospital. Pero no encontraron ninguno y los dos camilleros de la Cruz Roja optaron por trasladar el extraño personaje a pie. En pleno agosto el calor era sofocante y de vez en cuando los camilleros se detenían para descansar. Sobre las dos y media de la madrugada pasaron por Cibeles y se acercaron a la fuente para refrescarse un poco.

Daja-Tarto quedó en el suelo, sobre la camilla, y de repente se escuchó un gran tiroteo. Los camilleros salieron corriendo y le dejaron allí inmovilizado, preguntándose por lo que podría estar ocurriendo. Forzando los ojos a un lado y a otro vio que los disparos provenían del Palacio de Comunicaciones y que eran respondidos de otros lugares, presumiblemente del entonces Ministerio de la Guerra. Durante más de media hora el petrificado faquir sintió las balas pasar por encima de él sin alcanzar a comprender el significado de aquella ensalada de tiros que casi rozaban su pintoresca situación. Cuando terminó el incidente, algunas personas repararon en el infeliz Daja-Tarto, y con un encomiable sentido de la solidaridad, le preguntaron dónde vivía y lo llevaron en la camilla a su casa. El faquir “indio” había contemplado, de manera insólita, el célebre 10 de agosto de 1932, la Sanjurjada, el fallido golpe de Estado que se produjo esa madrugada contra la Segunda República Española.

Daja-Tarto figura en el Museo de Cera de Madrid y fue el primer novillero que actuó en un festejo de su categoría en la plaza de toros de Cuenca, con el nombre de “Arenilla”. También toreó vestido de faquir. Falleció en 1988 formulando como último deseo que su ataúd estuviera forrado de cristales rotos y que su cuerpo fuera envuelto en papel de lija.

Por Julián H Ibáñez
Twitter: @julianhibanez
Aficionado
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