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Pesimismo por las palabras de Alberto Ramírez en El Albero

Abatido termino de escuchar la bajada de brazos en la defensa del futuro de la Tauromaquia por los intereses comerciales y de unas figuras que no miran más allá de sus triunfos y de cerrar las puertas.

viernes 30 de enero de 2015, 19:16h
Tengo que sacarlo. Tengo que exteriorizar el enfado, el cabreo, la defraudación que me ha supuesto escuchar a Alberto Ramírez en el programa El Albero de la Cadena Cope. Asqueado, escucho rendirse a las empresas a las exigencias de las figuras. Una sensación de náusea me posee al oír hablar de que la feria se hace así porque no conocen a los toreos jóvenes. Abatido termino de escuchar la bajada de brazos en la defensa del futuro de la Tauromaquia por los intereses comerciales y de unas figuras que no miran más allá de sus triunfos y de, según el torero levantino, cerrar las puertas a un torero con proyección en sus carteles "corralitos" sin competencia y que se han convertido en una fiesta privada con público.

Siento pavor y vértigo porque creo que estoy ante una Tauromaquia insensible y vivo ante la imagen de una ilusión. Creo que la Fiesta progresa en sentido inverso a su vida, a su futuro. Ya apenas quedan resquicios de satisfacción en las apetencias taurinas, en su estética, en su admiración, ya todo es monótono en esta realidad que no queremos ver pero que consentimos, con muy poca resistencia.

Se clausura la historia del espíritu de la Tauromaquia. Competencia cero, diversidad ausente...La economía empresarial junto con la nula necesidad de competir de los espadas ha reemplazado a la milenaria hombría por saber "quien manda aquí". El saber si un torero joven puede desbancar a una figura consagrada ya no tienen razón de ser. La diversidad de carteles, tanto de espadas como de encastes y ganadería, en las palabras de Alberto Ramírez, han dejado claro que ha muerto por agotamiento. Se ha impuesto el triunfo fácil y compadreo a la belleza de la esperanza, lo que nos mantiene vivos. No hay opción a la sorpresa, todo está calculado.

El arte de torear lo han convertido en estático, frenando ilusiones de toreros recuperables y con proyección. A través de actitudes como las que ha tenido la empresa de Castellón cediendo a las pretensiones de las figuras del toreo actual, si fuéramos conscientes de ello, nos daríamos cuenta de que se marcha en sentido opuesto a la supervivencia de la Tauromaquia: sus resultados serán el aburrimiento, el decaimiento de una afición harta de ver siempre los mismos en los mismos lugares.

Tengo la sensación de que hemos perdido la batalla y, lo que entendíamos que era un Arte Supremo, nada comparable a otros, se ha convertido en distraimiento de masas ajenas a lo que ocurre en el mundo del toro, ajenas a nuevos valores del toreo, descuidadas de qué ganaderías se están recuperando y podrían ocupar puestos en los carteles.

La materia prima del aficionado a los toros ha sido siempre la ilusión por lo nuevo, por lo que saliera por chiqueros, por la competencia, por ver el esfuerzo de las figuras por demostrar por qué lo son. Defraudado tengo la toalla en la mano, a punto de tirarla ante este espejismo que han convertido la Tauromaquia, cada vez más debilitada.
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