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"Parar el tiempo" en el toreo

Tres verónicas de Manuel Escribano en Valdemorillo

martes 10 de febrero de 2015, 17:32h
En esa "tertulia on-line" en la que se ha convertido Twitter, rebatía el pasado domingo sobre un comentario mío en el que dije que Escribano "paró el tiempo con el capote". Algunos amigos, y buenos aficionados, "virtuales" se sorprendían ante esta cita y me veo obligado a dejar atrás el tono crítico que ha tomado esta tribuna para intentar explicar lo que supuso, para mí, ese "trance" de tres verónicas.

Deberían ser las 19:00, rondando por abajo o por arriba, cuando saltaba al ruedo el quinto toro de Cebada Gago en Valdemorillo. "Juncal III", que así se llamaba, salió como lo hace un bravo (aunque luego no lo fue tanto): manos por delante, incómodo, furioso, levantando polvo. Acudía a los cites gallardo, y tras una probatura de su matador se obró el momento al que me refiero. Se paró el reloj en tres lances de Manuel Escribano y me hicieron experimentar la sensación de que todo lo demás seguía su curso y que al frenar esa locura inicial de "Juncal III", el tiempo se ralentizaba, casi inmóvil, en silencio, y sólo tuvieron sensibilidad las tres verónicas recogidas del sevillano mientras lo demás (público, vendedores de rifas y coca-colas, comedores de pipas...) seguía avanzando en tiempo real y a la vez ya futuro mientras las ejecutaba.

Intentaré analizarlo, aunque en difícil empresa me he metido.

Experimenté un tiempo detenido, un presente no transitivo mientras duraban los tres lances. Era mi tiempo, era una historia contada en tres verónicas reunidas, que mientras las ejecutaba ya pertenecían al pasado por la velocidad que todo lo demás corría alrededor. Por unos momentos es como si el presente hubiera desaparecido. Es extraño, pero sólo me ha ocurrido eso presenciando una corrida de toros. O quizá no sea tanto. No tanto porque un hombre es capaz con una tela de atemperar la fiereza del toro y concentrar en esa reunión los tres tiempos verbales, sin urgencia por volver al presente. Es sumergirse en un tiempo irreal, torear a la verónica parando al toro como lo hizo Manuel Escribano es asistir a una metamorfosis del tiempo presente. El matador para, recoge y torea deseando que no se pierda nada y el toro se adecua a ese momento mientras sucede. Me adentré en ese momento sin quererlo, me lo propuso el toreo y acepté inconsciente, hasta que me sacaron de esa ensimismación en la que oía a mi alrededor voces indefinidas y veía bultos borrosos. Solo tenía la sensación de estar viviendo, oyendo y mirando ese tiempo que duraron las tres verónicas.

No tuve tiempo de preguntarme que esperaba el futuro, y un remate en forma de media verónica me trasladó al tiempo real, para volver a su paso normal pero que tras vivir ese estado me pareció vertiginoso y acelerado. No se si habré explicado a mis compañeros de tertulia lo que quise decir con que el capote de Escribano "paró el tiempo", pero lo que tengo claro es que el toreo me ha enseñado que es una forma de lucha contra la agresión de la velocidad y la muerte. O sea, el temple.
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